A los 84 años falleció uno de los preparadores más prestigiosos y reconocidos de la historia del automovilismo argentino. Sus motores fueron protagonistas de grandes campañas en el Turismo Carretera y estuvieron detrás de pilotos como Carlos Pairetti, Roberto Mouras, Juan María Traverso, Guillermo Ortelli y Christian Ledesma.

Hay personas que pasan por el automovilismo. Y hay otras que, con el tiempo, se convierten en parte de su historia.

Jorge Pedersoli fue, sin dudas, de esas últimas.

El automovilismo argentino despide a uno de sus grandes maestros. El histórico preparador y motorista falleció a los 84 años, dejando detrás una trayectoria de más de cinco décadas vinculada a las competencias y, especialmente, al Turismo Carretera.

Pedersoli nunca necesitó ponerse un casco para convertirse en protagonista. Su lugar estuvo detrás de escena, entre motores, herramientas, bancos de prueba y horas interminables de trabajo. Pero sus creaciones fueron las que después llevaron a algunos de los mejores pilotos argentinos hacia la bandera a cuadros.

Y los números hablan por él: 14 campeonatos de Turismo Carretera y uno de TC2000, además de una enorme cantidad de victorias que lo convirtieron en uno de los preparadores más exitosos de la historia del automovilismo nacional.

De un taller a la historia grande

Nacido en La Paternal el 3 de noviembre de 1941, Pedersoli se vinculó con la mecánica desde muy joven. En 1964 ingresó a General Motors Argentina y comenzó una trayectoria que terminaría llevándolo a convertirse en uno de los nombres más respetados de la preparación de motores en nuestro país.

Uno de sus primeros grandes capítulos llegó con el inolvidable Trueno Naranja, el Chevrolet con el que Carlos Alberto Pairetti consiguió el campeonato de Turismo Carretera en 1968.

Después vendrían General Motors, la sociedad con Omar Wilke y una relación cada vez más profunda con Chevrolet y con algunos de los nombres más importantes de la categoría.

Pero si existe un auto capaz de resumir buena parte de la historia de Pedersoli, es el inolvidable Chevrolet 7 de Oro de Roberto Mouras.

En 1976, aquel auto consiguió seis victorias consecutivas, un récord que todavía permanece vigente. Pedersoli y Wilke estaban detrás de aquel motor que convirtió al “Toro” en uno de los grandes protagonistas de la época.

El Toro y una relación que fue mucho más allá de las carreras

La relación entre Pedersoli y Roberto Mouras fue mucho más que la de un piloto y su preparador.

Juntos construyeron una de las sociedades más recordadas del Turismo Carretera. Con Mouras al volante, Pedersoli consiguió tres campeonatos consecutivos entre 1983 y 1985, en aquella gloriosa etapa con Dodge.

Pero también compartieron algo mucho más profundo.

Pedersoli llegó a definir a Mouras como “como un hijo”, una frase que resume la relación que habían construido después de tantos años compartiendo talleres, viajes, carreras y sacrificios.

Con Mouras consiguió además 50 victorias en Turismo Carretera, una cifra que refleja la dimensión de aquella sociedad.

La muerte del “Toro”, en 1992, fue un golpe durísimo para Pedersoli. Tanto que durante un tiempo decidió alejarse de la actividad.

Había perdido mucho más que a un piloto.

Volver para seguir ganando

El automovilismo, sin embargo, volvió a buscarlo.

Pedersoli regresó y su nombre volvió a aparecer junto al de los grandes campeones.

En 1995 trabajó junto a Juan María Traverso, con quien consiguió el campeonato de Turismo Carretera y también el de TC2000 con Peugeot.

Después llegarían más títulos y victorias junto a nombres como Guillermo Ortelli y Christian Ledesma, entre muchos otros.

Su palmarés terminó convirtiéndose en una verdadera colección de historia: 14 títulos de Turismo Carretera, obtenidos con Chevrolet, Dodge y Ford, además de un campeonato de TC2000.

Pero reducir a Pedersoli a una lista de campeonatos sería injusto.

Porque su verdadera importancia estuvo en algo mucho más difícil de medir: su capacidad para hacer que un motor fuera diferente.

El hombre detrás del motor

Pedersoli perteneció a una generación de preparadores para quienes el taller era prácticamente una segunda casa.

Era otra época del automovilismo. Los motores no llegaban sellados, se construían. Se probaban. Se rompían y se volvían a armar.

Y se buscaba ese pequeño detalle que permitiera ganar una carrera.

En ese mundo, Pedersoli fue un verdadero artesano.

Su trabajo fue reconocido no solamente por los campeonatos conseguidos, sino también por sus conocimientos, su obsesión por los detalles y la capacidad para encontrar rendimiento donde otros no lo encontraban.

Durante décadas, su taller fue una parada obligada para pilotos y equipos que buscaban una diferencia.

Y muchas veces la diferencia estuvo ahí, dentro de un motor preparado por él.

Una vida dedicada al automovilismo

En 2025, Pedersoli había sido homenajeado por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires como Personalidad Destacada, reconocimiento que compartió con otro histórico preparador del automovilismo argentino, José Miguel Herceg.

En aquella oportunidad habló sobre el sacrificio que había significado dedicar prácticamente toda una vida a las carreras.

Los fines de semana, los viajes, las noches en el taller y las largas jornadas de trabajo formaron parte de una rutina que se extendió durante décadas.

Ese era el automovilismo que Pedersoli conoció y ayudó a construir.

Un automovilismo mucho más artesanal, en el que detrás de cada auto había horas de trabajo, ingenio y pasión.

Se va un preparador. Queda una historia.

Pedersoli se había retirado de la actividad después de más de cinco décadas vinculadas al automovilismo, pero su nombre nunca dejó de estar presente.

Su historia quedó ligada para siempre a algunos de los grandes nombres del Turismo Carretera.

Pairetti.
Mouras.
Traverso.
Ortelli.
Ledesma.

Y también a aquellos autos que forman parte del imaginario colectivo del automovilismo argentino.

El Trueno Naranja.

El 7 de Oro.

Los Dodge de Mouras.

Los Chevrolet campeones.

Los motores que durante décadas fueron sinónimo de competitividad.

Hoy se apaga una de las grandes figuras de aquella generación de preparadores que entendían la mecánica como un oficio, pero también como un arte.

Jorge Pedersoli tenía 84 años. Se fue un hombre que trabajó muchas veces detrás de escena, pero que terminó ocupando un lugar central en la historia del automovilismo argentino.

Porque muchas veces el piloto se lleva la bandera a cuadros.

Pero alguien tuvo que construir el motor para que pudiera llegar hasta ella.

Y durante más de medio siglo, ese alguien fue Jorge Pedersoli.

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